
Carné sin Jacques Prevert, el poeta, libretista de seis de sus films, decididamente los mejores. Pero Hotel du Nord tiene su propia gloria: la maravillosa atmósfera, la historia en apariencia simple narrada con sensibilidad y delicadeza por el gran director. Estamos en un hotel pequeño, familiar y modesto, separado sólo por una estrecha calle de piedras de un canal (el canal Saint Martin, en Paris), con sus exclusas, sus barcazas, sus bancos de plaza a la orilla del muelle . Hay dos historias paralelas, la de los amantes Pierre y Reneé (Jean Pierre Aumont y Annabella) que alquilan un cuarto para consumar un pacto de suicidio que él será demasiado cobarde para cumplir, y la del misterioso señor Edmond (Louis Jouvet) y la prostituta Raymonde (Arletty, ambos en la imagen), que conviven malamente en una habitación del hotel. Es el señor Edmond, en realidad un asesino y delator que huye de la venganza, habitual voluntario para matar gallinas y otras cosas, quien se enamora de la muchacha. Frente a su fracaso, el señor Edmond no sólo se deja matar; se hace matar. Tal la trama, tratada tan serenamente que los únicos momentos de violencia no son mostrados. Carné no lo necesita: es un maestro por la humanidad del enfoque, la pintura de los personajes que habitan o frecuentan el hotel, la veracidad magnífica de cada actor en su rol, la excelencia de su cámara . Hotel du Nord es una muestra acabada del mejor cine francés de la mejor época del cine: benigna y madura comprensión de lo humano, sutileza en la exposición y desarrollo, admirable sentido del humor que todo lo comprende: "atmósfera", protesta el personaje de Arletty, " qué me importa la atmósfera". Pero de eso se trata. Esta es una muestra relevante del llamado "realismo poético", que caracterizó en gran parte este momento del cine francés: escenarios evocativos con frecuencia nocturnos, cercanía del mar, niebla que todo lo envuelve y hace misterioso lo pedestre, desencanto cuando no desesperanza, ambientes todos muy distantes de los teléfonos blancos de las comedias americanas (y argentinas). Y los eternos temas del amor, el dolor y la muerte.
La belleza formal de Hotel du Nord es perfecta pero sutil, eximia pero oculta a la vista simple. Es necesario un esfuerzo de distanciamiento para apreciarla, porque la cámara es sabia y no interfiere sino que acompaña con infinita delicadeza. Uno debe reflexionar para advertir que acaba de ver una filmación excepcional. Desde la primer, melancólica toma nocturna, nos atrapa la atmósfera, lograda sin una sola palabra: una pareja, la de los que serán los protagonistas, ahora desconocidos para el espectador, baja lentamente en suave abrazo el puente metálico sobre el angosto canal; la cámara, elevada a esa altura, los sigue primero, pero los abandona enseguida, más interesada en desplazarse, con la misma lentitud, por debajo del puente y explorar el muelle de concreto y sus bancos; la pareja, siempre enlazada, vuelve a aparece por la derecha de la escena y entonces comprendemos que los amantes han caminado hasta el muelle mientras la cámara se movía, desinteresada ; ahora, vuelve a ocuparse de ellos y los sigue mientras caminan hasta sentarse en uno de los bancos, en triste, melancólico silencio. Luego, se eleva y a través de la estrecha calle enfoca el Hotel donde en gran parte se desarrollará la acción. Es una sola, prolongada toma, un magnífico y sereno "crane shot", la filmación desde una grúa cinematográfica que se mueve en silencio.No puede dudarse que Orson Welles vió esta magnificencia de escena, y se inspiró en ella para su famosa toma inicial de A touch of evil, una toma tan explosiva y notoria como ésta es calma y reservada. En el final, después del dramático desenlace, la escena del principio se vueve a repetir, pero recorriendo el camino inverso: Pierre y Reneé, sentados en el mismo banco, esperando ahora un mañana mejor, pero no demasiado, incorporándose luego y caminando hacia el puente que inicialmente los trajo; la cámara desandando el trayecto del principio, retrocediendo bajo el puente, y finalmente, de manera triunfal, enfocándolo tal como en la escena inicial, los amantes desapareciendo hacia su futuro, la toma de cierre, deshabitada.
Es notable señalar que el film fue filmado por entero en estudios. Todo fue construído siguiendo los decorados de un genio, Alexandre Trauner (uno de sus bocetos para el film en la imagen), que pasó unos cincuenta años vistiendo películas, muchas de ellas, como Hotel du Nord, enriquecidas por su talento. Aunque el hotel existía en la realidad (en la imagen), cuenta Trauner que no consiguieron permiso para cortar el tránsito por las semanas necesarias para la filmación, de modo que, simple y artesanalmente, levantaron los escenarios con total maestría. Quien tenga curiosidad por ver imágenes de distintos momentos de la construcción en el plateau, puede encontrarlos en el siguiente link.
Aquellos que deseen oir a Arletty quejarse destempladamente de la búsqueda de atmósfera, el chiste privado de Carné, la encontrarán en Arletty y Louis Jouvet.


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